viernes, 14 de septiembre de 2012

EDUCACIÓN Y VIRTUD

 Si la educación es plenitud dinámica del hombre, y como tal un instrumento para que el hombre “viva bien”, esto es que obre bien en relación a su fin, no puede estar dirigida sólo a la inteligencia sino que debe orientarse también a la voluntad, para que ésta no se resista a la dirección de la razón.
 Ambas potencias espirituales y específicas del hombre deben ser perfeccionadas por las virtudes cardinales. La inteligencia por la prudencia, para que la incline habitualmente al juicio verdadero. La voluntad por la justicia, la fortaleza y la templanza, virtudes morales que inclinan al hombre a obrar habitualmente conforme al bien de la sociedad, buscando con constancia el bien honesto, dominando las pasiones y Se intenta presentar una propuesta educativa que abarca no sólo al educando sino también al educador, sea éste docente de cualquier ámbito o simplemente padre de familia y por tanto responsable primario de la educación, así como también incluye a las máximas autoridades educativas, sean civiles o eclesiásticas. Si bien ya se ha hablado mucho de educación, conviene tomar en cuenta una definición para establecer un lenguaje común. Entre todas las conocidas prefiero la del pedagogo Mendocino Ruíz Sánchez: "Es la capacidad o aptitud adquirida y estable para ordenar libre y rectamente el falible dinamismo de la interioridad del hombre y de su conducta hacia los bienes individuales y comunes, naturales y sobrenaturales que perfeccionan su naturaleza" . De acuerdo a esta definición la educación es plenitud dinámica del hombre, y como tal un medio o instrumento para que el hombre viva bien, esto significa que obre bien en relación a su fin. El obrar bien no surge, necesariamente, del conocimiento puramente teórico sino que requiere una buena disposición acerca de los fines. No basta el proceso lógico de la inteligencia a partir de los primeros principios morales captados por la sindéresis, sino que se necesita de una voluntad inclinada habitualmente al bien por las virtudes morales.
 Ya San Pablo nos recordaba "No hago el bien que quiero sino el mal que no quiero". Por lo antedicho la educación no puede apuntar sólo a la inteligencia, causal entre otras de la falla de nuestro sistema educativo enciclopedista, sino debe orientarse también a la voluntad, para que ésta no se resista a la dirección de la razón. Concretamente, ambas potencias espirituales y específicas del hombre deben ser perfeccionadas. La inteligencia debe serlo por la Prudencia para que incline, habitualmente, la inteligencia práctica al juicio verdadero. La voluntad debe ser perfeccionada por las virtudes morales, a saber: la justicia, la fortaleza y la templanza. Por la Justicia, para que la voluntad no sólo busque su propio bien individual, sino que obre conforme al bien de la sociedad, y el hombre pueda Habitualmente renunciar a sus propios intereses frente al Bien Común. Por la Fortaleza, para que la voluntad se robustezca y busque habitualmente, con constancia y sin decaimiento, el Bien Honesto. Por la Templanza, para que la voluntad regule el apetito sensitivo y domine la concupiscencia. Pero antes de entrar en el análisis de cada una de estas virtudes conviene recordar la noción de virtud, como hábito operativo que perfecciona las potencias espirituales para que siempre obren bien. Este hábito se adquiere por la repetición de actos que da como resultado la facilidad y permanencia con respecto a la Verdad y al Bien.
 Pasemos ahora a la consideración de la primera de las virtudes cardinales: la prudencia. Esta se define como la recta ratio agibilium, es decir, la recta razón en el obrar . La prudencia es virtud intelectual porque sus actos perfeccionan el entendimiento , pero no tiene por finalidad el puro conocer, sino el conocer para obrar bien. El prudente debe conocer tanto los primeros principios universales, que obtiene por la sindéresis, combatiendo así la ignorancia, como las realidades concretas, el aquí y el ahora en el que debe aplicar esos principios, venciendo así la necedad. Aquí propongo una primera reflexión: ¿Apunta nuestra educación a obtener del educando un ser prudente? La respuesta más realista sería decir: "Por sus obras lo veréis". Lamentablemente lo que hoy vemos es o bien ignorancia o bien necedad. Al contestar de este modo queda implícito que desechamos la falsa prudencia entendida como habilidad para eludir al adversario, o saber cuidarse del peligro en orden a la propia conservación. La verdadera prudencia es el arte de gobernarse a sí mismo, obrando bien conforme a una elección recta y no sólo por impulsos o pasiones . La virtud de la prudencia perfecciona al hombre en orden a deliberar y elegir los medios que conducen rectamente a su fin último . La encíclica de Juan Pablo II, Veritatis Splendor, insiste muy especialmente en esta temática. Finalmente debemos recordar que la prudencia es la virtud principal de un gobernante, y como educadores debemos preparar a los educandos sea para el gobierno de sí, sea para el gobierno de otros, cualquiera sea el ámbito en el que en un futuro vayan a desempeñarse, sea el más alto en el ámbito civil o eclesiástico, o sea simplemente en el ámbito doméstico. Creo que no es necesario insistir en las dificultades que presenta la sociedad contemporánea en el gobierno de la familia. En cuanto a la relación de la prudencia con las otras virtudes cardinales, debemos recordar que la prudencia es causa, medida y forma de las virtudes morales. Todas ellas dependen de la prudencia. Es "causa" porque participa intrínsecamente, por la deliberación, en todo acto virtuoso. No le señala a la virtud los fines pero sí los medios. Es "medida" porque el "justo medio” en que consiste la virtud es determinado por la razón recta (recta ratio). Y es "forma”, o informa, porque imprime en cada virtud el medio de la razón. La primera de las virtudes morales: la justicia. Es el hábito según el cual cada persona, con constante y perpetua voluntad da a cada uno lo suyo, lo debido . Esto supone que algo es propio de alguien, por lo tanto la justicia presupone y reconoce derechos , y reconoce al otro como "otro", merecedor de mi respeto. El sujeto de la justicia es la voluntad porque perfecciona a ésta. A diferencia de las otras virtudes morales, rectifica las operaciones exteriores, es decir, contempla los deberes para con el prójimo, que a su vez tiene ciertos derechos. Es, por tanto, la virtud del buen ciudadano, pues mientras otras virtudes morales persiguen el bien de cada individuo particular, la justicia se orienta al bien de los demás. En este punto hagamos una reflexión: ¿Educamos en la justicia para que el educando sea justo? ¿En la era de la democracia, contemplan los planes de estudio la virtud del buen ciudadano? ¿Nosotros como educadores reconocemos al otro en su alteridad, o pretendemos que todos sean una proyección de nosotros mismos? Mientras meditamos las respuestas, deseo acotar que el tema de la justicia está, sin embargo, presente entre nosotros aún antes de ejercitarla como virtud, pues parece existir en el hombre, como innata, una aspiración a la justicia, un sentimiento que nos domina aún antes de poder racionalizarlo, pues el hambre y la sed de justicia parecen ser constitutivos de la naturaleza humana, y, fundamentalmente, tenemos conciencia de ellos cuando se lesiona alguno de nuestros derechos. Hay tres formas principales de relación entre los hombres y las tres están ordenadas por la justicia, y de no ser así estaríamos en el reino de la malicia.
 1 era. Relación de los individuos entre sí: aquí se da la justicia conmutativa que regula la relación recta de un individuo con otro individuo .
 2da. Relación del Todo Social con los individuos: aquí se da la justicia distributiva que regula la relación de la comunidad, en cuanto tal, para con sus miembros .
 3ra. Relación de los individuos para con el Todo Social: aquí se da la justicia legal o general que regula la relación de los miembros para con el todo social . No es ocioso recordar que la virtud implica los tres tipos de justicia, y que no puede ser virtuoso quien ignore o infrinja alguno de ellos. Es conveniente, , reconocer la superioridad y los límites de la justicia. Entre las virtudes que reciben la denominación de morales, es la justicia la que tiene primacía, pues el hombre que más estrictamente merece ser llamado bueno es el hombre justo. Esta denominación aparece ya usada en el Antiguo Testamento como equivalente de hombre santo. La superioridad de la justicia se explica también por ser difusora del Bien, y por residir como en su sujeto en la parte más noble del alma: el apetito espiritual o voluntad. En cuanto a los límites de la justicia, si bien es presupuesta como virtud, es superada por otras como la virtud de religión y la virtud de pietas. En el primero de los casos de superación el hombre le debe todo a Dios, pero jamás llegará a restituir lo debido, pagar su deuda. No obstante, todo acto religioso, sea la oración, el sacrificio o la entrega, muestra la intención del hombre de responder lo mejor posible al "débito", consciente de no poder cumplir jamás con la "restitutio” . El segundo caso, la "pietas", también implica una deuda imposible de pagar totalmente. Se da en la relación con los padres y con la patria, a quienes, después de Dios, debemos todo lo que somos . El otro sentido del límite de la justicia lo determina el estar dispuesto a dar lo que no se está obligado. Ejemplos de esto son: la afabilidad, la alegría para con los otros y, fundamentalmente, la misericordia.
 Tomás de Aquino sostiene que "la justicia sin misericordia es crueldad" (In Matth. 5, 2). Para que esto nos quede claro basta comparar la Ley del Talión con la Ley de Cristo. Hoy más que nunca, a la luz de los signos de los tiempos, nuestra propuesta educativa debe considerar que para aliviar las injusticias sufridas por nuestros hermanos necesitamos más misericordia que justicia. Consideremos ahora la fortaleza como la virtud del bien arduo. Esta virtud supone la debilidad y vulnerabilidad de la naturaleza humana. Tiene como sujeto al "irascible" que le da al hombre la fuerza para luchar contra cualquier pasión adversa al fin último, y le da firmeza frente a los peligros de muerte. Dispone a la voluntad frente a lo que es conforme a la razón contra los asaltos de las pasiones y fatigas de los trabajos . Siendo una virtud, le es propio tender siempre al bien, luego el hombre debe enfrentar aun los peligros de muerte por conseguir un bien. El ejemplo supremo de esto es el martirio . Para no ser malentendido como un gesto de bravuconearía, diremos que la fortaleza no es virtud sin la prudencia y sin ponerse al servicio de la justicia. Santo Tomás nos dice, con gran sabiduría: "El hombre no pone su vida en peligro de muerte más que cuando se trata de conservar la justicia. De ahí que la dignidad de la fortaleza sea una dignidad que depende de la virtud anterior" . Nuevamente otra reflexión: ¿Prepara nuestra educación al hombre para desarrollar esta virtud?, o bien, ¿tiende a evitar todo sacrificio, explicando psicológicamente el mínimo renunciamiento como una patología psicológica, como un masoquismo? Los resultados de la educación actual del “facilismo” están a la vista: miles de ejemplos de cobardía, sea vital (ejemplo: depresiones), moral (ejemplo: desesperanza como pecado contra la Divina Providencia), o mística (ejemplo: falta de heroísmo e ideales que nos lleven al martirio, de ser necesario). Lamentablemente, el cristiano hoy teme siquiera decir que es cristiano. El falso "respeto humano" enseñado por un falso pluralismo y una falsa tolerancia (que tolera al pecado y no al pecador), así como un pacifismo culposo que busca la paz de los cementerios y no la verdad y la justicia de los vivientes, es la más elocuente muestra de pusilanimidad y pérdida del sentido mismo de la fortaleza. Llegamos así a la cuarta de las virtudes cardinales, la templanza, que es la moderación y la medida en el apetito sensible . Es la virtud que domina y ordena las pasiones, permitiendo a la voluntad abstenerse fácilmente de lo deleitable opuesto al bien moral. Tiene como sujeto al apetito concupiscible. En cuanto a la jerarquía que ocupa dentro de las virtudes cardinales, es la última, sigue a la fortaleza, pues no es en sí la realización del bien. Per se, sólo la prudencia y la justicia producen el bien en el hombre (además de las virtudes teologales) (S. Th. II-II, 157, 4). La moderación, la medida y la castidad no son la perfección del hombre sino que crean los presupuestos necesarios para la realización en el hombre del bien y para su orientación al fin específico, porque mantienen y defienden el orden natural dentro del sujeto humano . La templanza es la disposición del alma que modera cualquier pasión u operación de modo que no exceda el debido límite, luego no sólo es freno de la concupiscencia y de la lujuria, sino también señorío sobre el dolor, humildad frente a los honores y gloria de este mundo, aceptación de la creatureidad frente a la "omnipotencia" de la ciencia contemporánea, continencia del espíritu frente a la "curiositas” , etc. La educación hoy, inmersa tan sólo como un apéndice de los medios masivos de comunicación, que permanentemente apuntan al deleite ilimitado de los sentidos hasta llegar al mismo aturdimiento, o adormecimiento, ¿acaso se ha planteado siquiera la propuesta de un cultivo de la templanza para dominar las pasiones que, por la edad, con mayor desorden pujan por adueñarse del adolescente? ¿O bien se estimula la concupiscencia con el pretexto de no reprimir, ni formar "reprimidos", considerando que toda exigencia o límite de nuestra parte responde a un larvado masoquismo? Sólo una reformulación de la educación en términos de propuestas de vida que giren en torno a estas cuatro virtudes cardinales, así llamadas porque sobre ellas se apoyan firmemente otras, y en torno a ellas puede construirse al Hombre Nuevo nuestra juventud sin la ignorancia, la necedad, la malicia, la concupiscencia, la cobardía y la pusilanimidad, a la vez que podrá asegurar una ordenación habitual y connatural de la persona humana a su fin último específico.
 Las virtudes
 Las virtudes humanas son disposiciones estables del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón (también la fe, para los creyentes). La tradición griega destacó cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. El cristianismo por su parte hizo un aporte importante en este tema por cuanto presentó las virtudes teologales, que son tres: la fe, la esperanza y la caridad. Están centradas en la relación del hombre con Dios, tienen como motivo, origen y objeto, a Dios. Para entender la relación entre valores y virtudes, debemos considerar que los valores hacen referencia a principios éticos, por ejemplo, la verdad como valor o la justicia. Mientras que las virtudes están asociadas a los comportamientos, por ejemplo, la honestidad o la responsabilidad. Aunque a primera vista verdad y honestidad están relacionadas, no pertenecen al mismo concepto y esto es una distinción aunque sutil, muy interesante en el campo de la educación. De hecho, para Sócrates sólo a través de las virtudes morales un hombre puede llegar a ser realmente libre para asumir algo como el verdadero control de su propia vida. Para él lo correcto y la virtud no dependían de los apetitos o instintos sino de que se debe construir a partir de la relación entre razón y pasión. Ya vamos viendo cómo las virtudes se definen desde la acción, mientras que los valores necesitan un referente para encarnarse, o dicho en otras palabras, los valores se explicitan en las virtudes y en las actitudes concretas. A continuación mencionaremos la clasificación que recoge Juan Grass Pedrals de acuerdo a la definición dada por Aristóteles ya que nos parece relevante conocer los dos grupos en los que se pueden clasificar las virtudes, según el filósofo griego.
 El distingue entre virtudes morales y virtudes laborales.
 Las virtudes morales. Se trata de excelencias del alma relacionadas con una relación social exitosa con otras personas y que constituyen un elemento favorable en la construcción de una comunidad civilizada: la sobriedad, la templanza, la amistad, la sencillez, la compasión, el pudor, la castidad, la humildad. Un segundo grupo de virtudes morales: la honestidad, el respeto, la generosidad, la prudencia, la lealtad, la responsabilidad, la fortaleza y la justicia, tienen también relación con el mundo laboral; no sólo enriquecen las relaciones entre las personas, sino el trabajo o la productividad.
 Virtudes laborales. Son las que permiten enfrentar con éxito empresas humanas en distintos campos de acción, del arte y del conocimiento. Sin embargo, su aplicación también se requiere en el hogar: la obediencia, el orden, la perseverancia, la laboriosidad, la paciencia, la flexibilidad, la audacia, el optimismo, la creatividad. Hay quien señala que el hombre está hecho para conseguir la verdadera felicidad con la persecución del bien moral. Como la inteligencia y la voluntad, las facultades humanas de que el hombre dispone para este fin, son tendencias a la verdad, al bien universal, han de ser determinados a particulares actos de bondad por medio de los hábitos. Así entonces, las virtudes son hábitos buenos que perfeccionan las facultades del hombre para conseguir la verdad y la bondad. Es decir, si el hombre desarrolla las virtudes, la razón percibirá el verdadero bien del hombre y la voluntad y el apetito sensitivo seguirán a la razón para el perfeccionamiento de éste. Por eso, desarrollar las virtudes en uno mismo y educar a los niños y a los jóvenes en las virtudes es tan importante. Siendo entonces, la virtud un hábito operativo bueno, en contraste con el vicio que es un hábito operativo malo, el desarrollo de las virtudes realimenta el entendimiento y la voluntad de tres modos principales. Se trata de la firmeza, la prontitud y un cierto agrado. Por lo general, las virtudes tienen por objeto hacer al hombre como debe ser. Es decir, reafirman a la persona en lo que está haciendo, crea una capacidad de obrar bien con más facilidad porque los actos aislados se han incorporado a la misma persona, a su modo de pensar y obrar. Por lo tanto, el hombre deja libre el entendimiento y la voluntad para profundizar más, para conseguir una mayor eficacia. Sin pensar tanto, sin esforzarse tanto la persona decide, reacciona y actúa positivamente. En otras palabras, la virtud permite a la persona conocer la felicidad; obrar a gusto, con satisfacción. 
 El maestro como referente significativo en la formación de valores El tema de la educación en valores es apasionante. Su importancia social y la diversidad de planteamientos que surgen cuando se inician las investigaciones en esta área lo confirman. Pero así como es innegable la necesidad de profundizar en el tema, también hay factores que atentan contra la posibilidad de desarrollar o poner en práctica iniciativas en este campo. No son pocos los problemas que aquejan al sistema educativo. Creemos que quizá el más grave es la costumbre del ciudadano común a ver los antivalores como un estilo de vida aceptable. Por contraposición, la práctica de virtudes es menospreciada o por lo menos quien intenta manifestar conductas acordes a ciertos valores universales es mal visto. En otras palabras, parece que la crisis educativa y social actual tiene anclada sus raíces en un cambio de valoraciones en el ciudadano.

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